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CUENTOS Y NANAS
Nanas:
Nana de la
tortuga
Verde, lenta, la tortuga.
¡Ya se comió el perejil,
la hojita de la lechuga!
¡Al agua, que el baño está
rebosando!
¡Al agua, pato!
Y sí que nos gusta a mí
y al niño ver la tortuga
tontita y sola nadando.
(Rafael Alberti) |
"Las tortugas tortugosas,
todas viven en Tortosa,
con el rey de las babosas.
¡Se han comido al rey de las babosas!
¡Se han comido al rey de las babosas!
¡¡Las tortugas tortugosas!!!"
(Cedida por Jicotea) |
Cuentos:
LA TORTUGA GIGANTE
(Cuentos
de la selva, 1918)
Había una
vez
un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un
hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron
que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía
hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta
que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día:
—Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que
se vaya a vivir al monte, a hace mucho ejercicio al aire libre para curarse.
Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte
para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus
hermanitos puedan comer bien.
El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que
Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien.
Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del
monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutos. Dormía bajo los
árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con
hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del
bosque que bramaba con el viento y la lluvia.
Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro.
Había también agarrado vivas muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro
de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de keroseno.
El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito.
Precisamente un día que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no
cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería
comer una tortuga, y la ponía parada de canto para meter dentro una pata y
sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido
espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una
gran puntería, le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después
le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un
cuarto.
—Ahora —se dijo el hombre—, voy a comer tortuga, que es una carne muy rica.
Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la
cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres
hilos de carne.
A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y
la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con
tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola
camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga
era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre.
La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse.
El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano
sobre el lomo.
La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo
fiebre, y le dolía todo el cuerpo.
Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta
le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió entonces que estaba gravemente
enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.
—Voy a morir —dijo el hombre—. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no
tengo quien me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed.
Y al poco rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento.
Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella
pensó entonces:
—El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo
le voy a curar a él ahora.
Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después
de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al
hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a
buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para
que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida,
porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.
Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más
ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para
llevarle frutas.
El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día
recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues
allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en
voz alta:
—Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir
aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca
podré ir, y voy a morir aquí.
Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:
—Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo
que llevarlo a Buenos Aires.
Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó
con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las
enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la
escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería,
sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje.
La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó
montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos
en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima.
Después de ocho o diez horas de caminar, se detenía, deshacía los nudos, y
acostaba al hombre con mucho cuidado, en un lugar donde hubiera pasto bien
seco.
Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo.
Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir.
A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta
fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua!, a cada rato.
Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber.
Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de
Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día
tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces se quedaba tendida,
completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y
decía, en voz alta:
—Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría
curar. Pero voy a morir aquí, solo, en el monte.
Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada.
La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino.
Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había
llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde
hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada.
Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un
resplandor que iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más
débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando
con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con
ella.
Y sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz
que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando
estaba ya al fin de su heroico viaje.
Pero un ratón de la ciudad —posiblemente el ratoncito Pérez— encontró a los
dos viajeros moribundos.
—¡Qué tortuga! —dijo el ratón—. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y
eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña?
—No —le respondió con tristeza la tortuga—. Es un hombre.
—¿Y adónde vas con ese hombre? —añadió el curioso ratón.
—Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires —respondió la pobre tortuga en una
voz tan baja que apenas se oía—. Pero vamos a morir aquí, porque nunca
llegaré...
—¡Ah, zonza, zonza! —dijo riendo el ratoncito—. ¡Nunca vi una tortuga más
zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá, es Buenos
Aires.
Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa, porque aún tenía
tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha.
Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio
llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su
lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se
estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo
a buscar remedios, con los que el cazador se curó enseguida.
Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un
viaje de trescientas leguas para que tomara remedios, no quiso separarse más
de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el
director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla
como si fuera su propia hija.
Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea
por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días
comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos.
Horacio Quiroga
(1879-1937) |
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